Capitulo 1.
Ivar era viejo.
Más viejo que el tiempo que los hombres recuerdan.
Vivía en Helheim. No por castigo. Por costumbre.
Ahí iban los hombres que morían sin gloria.
Los enfermos.
Los viejos.
Los que no pelearon.
Gente rota. Gente que lloraba.
Ivar los conocía. No les hablaba. Caminaba entre ellos como uno más.
No los juzgaba. Solo los escuchaba.
Sus lamentos eran un río. Y él, una roca en medio.
Pero luego algo cambió…
Allá arriba, en la Tierra, las cosas comenzaron a ser distintas.
Algunas tribus dejaron de pelear. Dejaron las armas.
Se abrazaron. Comieron juntos.
Vivieron como si el mundo no fuera una batalla.
Y cuando murieron… murieron en paz.
Las nuevas almas no lloraban. No gritaban.
Sonreían.
Hablaban de sus hijos. De su pan.
Recordaban cenas con vino y pan tibio.
Cantaban canciones sin sentido.
Un día… Ivar caminó cerca del lago. El agua estaba quieta.
Se escuchaban lamentos como siempre.
Pero de pronto un ruido le llamó la atención.
Ivar se detuvo.
Sintió algo en el pecho. No dolor.
Algo parecido al miedo.
El ruido venía de una cueva.
Oscura. Seca.
Rebotaba en las piedras como si no quisiera morir.
Ivar entró….
Dos viejos humanos estaban ahí.
Una fogata temblaba entre ellos.
Se reían.
No por locura. Por memoria.
Contaban historias con las manos.
Brindaban con tazas vacías.
Eran felices.
Ivar los miró sin decir nada.
Y en ese instante, supo que no entendía nada de los humanos.
Pero quiso comenzar a entender…
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Con amor. Helheim.